
HISTORIA DE LA IGLESIA PRIMITIVA Período 2, Capítulo 7
(Video es el mismo de la Página anterior)
FIN DE LA IGLESIA PRIMITIVA
CONSTANTINO
Y el fin de las Persecuciones
En el año 306 después de Cristo, hay una nueva crisis en el Imperio que terminará con la llegada al poder del emperador que mas ha influido en el destino de Roma después de César Augusto: Constantino el Grande. Fue el emperador que al inmiscuirse en los asuntos y doctrinas de la Iglesia, con los cambios realizados, transformó a la Iglesia Católica Antigua o sea a la Iglesia Primitiva, la Iglesia de Cristo, en Iglesia Católica Romana.
Constantino llega al poder
Hacia el año 312, el Imperio lo gobierna una tetrarquía, es como tres emperadores compartiendo el gobierno. Uno de ellos es Constantino, quién en pocos años, con astucia y paciencia logra hacerse del control total. Un punto decisivo es la batalla del Puente Milvio en el año 312, donde antes de la batalla tiene una visión, ve una cruz en el cielo y unas letras que dicen: “Con este signo vencerás”. Adopta el símbolo cristiano y vence a Majencio. Con esa nueva fe, por agradecimiento o por astucia política, se hace partidario de los cristianos. Dice "no tener temor de los cristianos, sino del Dios de los cristianos"
Edicto de Tolerancia
El edicto fue promulgado por Constantino y Licinio su cuñado y co-emperador, en Milán en el año 313, en el se establece la libertad de practicar la religión cristiana en todo el Imperio Romano. Esto significa el fin de las persecuciones. La Iglesia de Cristo en ese entonces tendría unos 1500 obispados y entre unos 5 a 7 millones de cristianos, esto es de un 10 a 14% de la población del Imperio. Es la etapa de la “Pax de la Iglesia”.
¿Para bien o para mal?
La totalidad de la Iglesia recibió con gran alivio la noticia. Podría uno imaginarse la fiesta, la alegría de saberse vencedor de las Tinieblas que pretendían destruir a la Iglesia.
Finalmente poder alabar a Cristo en voz alta, sin temor a represalias, de entrada parece lo mejor: Además de la libertad, ahora el gobierno brinda ayuda y apoyo económico para que la Iglesia crezca y se fortalezca.
El gobierno tiene un presupuesto de ayuda a las diferentes religiones del cual se benefician los dirigentes. Con esto habrá una mayor infraestructura.
Sin embargo, pasada la euforia, pensando bien las cosas, empiezan a comprender algunos de los líderes que no parece tan bueno el asunto. Se ha considerado desde siempre que el Imperio está invadido por las Tinieblas, que del odio que les han tenido, de la putrefacción moral de la sociedad, no podrá salir nada bueno.
El liderazgo se divide. La mayoría toma este paso como una bendición de Dios y abre sus puertas al Imperio. La minoría queda en desventaja, en soledad y sin apoyo, pronto desaparecerá, salvo un pequeño remanente por ahí agazapado.
Pareciera que esto fue un cambio de estrategia de Satanás: “Si no puedes con el enemigo, únete a él”. No pudo destruir a la Iglesia, podría parecer que se metió a la Iglesia, a través de la mente de gente sin conversión auténtica, dominados todavía por su Religiosismo pagano.
No es solo hablar por hablar, será necesario ver las evidencias, los frutos. La fórmula dada por Cristo para conocer al verdadero cristiano es: “Por sus frutos los conocerás”. Ya veremos estos frutos en el siguiente Período.
Constantino, ¿cristiano fiel?
Al parecer, Constantino no llegó a ser un verdadero convertido al cristianismo, sino más bien un simpatizante o protector de la nueva fe. Fue un político hábil, prudente y extraordinariamente astuto, que supo ver el potencial unificador del cristianismo dentro de un imperio dividido.
Su acercamiento a la Iglesia parece haber sido más estratégico que espiritual, movido por la necesidad de estabilidad política y social, más que por una convicción personal profunda.
Contó con la asesoría de hombres ilustres del cristianismo primitivo, entre ellos Eusebio de Cesárea, quien, como muchos otros de su tiempo, creyó sinceramente en la conversión del emperador. Constantino favoreció abiertamente a los cristianos: les devolvió propiedades confiscadas, les concedió libertad de culto y les otorgó privilegios que transformaron la situación de la Iglesia.
Sin embargo, su conducta posterior muestra que mantuvo una mezcla de creencias paganas y cristianas, manteniendo símbolos solares y ritos anteriores incluso después de su supuesto acercamiento a Cristo.
Un hecho que revela su verdadera postura espiritual es su inclinación hacia el arrianismo, una doctrina que negaba la divinidad plena de Jesucristo y que la Iglesia posterior consideró herética. Constantino protegió y promovió a líderes arrianos, lo cual demuestra que no tenía un entendimiento claro —ni ortodoxo— del evangelio.
Otra señal significativa es que nunca quiso bautizarse en vida, a pesar de haber conocido la fe y sus enseñanzas. Sabía que el bautismo implicaba un compromiso serio con una vida transformada, y tal vez por prudencia —o por falta de fe genuina— decidió postergarlo hasta el final. Solo en su lecho de muerte aceptó ser bautizado, y lo hizo precisamente por un obispo arriano, considerado hereje por la Iglesia Católica.
De acuerdo con los propios principios eclesiásticos de su tiempo, ese bautismo sería inválido. Por lo tanto, según la misma Iglesia que él legalizó y favoreció, Constantino jamás habría sido un verdadero cristiano. Su papel fue más el de un protector político del cristianismo que el de un discípulo de Cristo. Fue el hombre que abrió las puertas del poder a la Iglesia… pero también quien, sin saberlo, la introdujo en una nueva etapa de compromisos y pérdida de pureza espiritual.
Constantino, Pontífice Máximo
Otra evidencia clara de que Constantino no se convirtió plenamente al cristianismo fue su decisión de conservar el título de Pontífice Máximo, el más alto cargo religioso del Imperio Romano.
Este título existía desde los primeros siglos de Roma y representaba la jefatura suprema de todas las religiones paganas del imperio, incluyendo los cultos idolátricos, los sacrificios humanos en tiempos antiguos y las prácticas ocultistas que formaban parte del mosaico religioso romano.
Al mantener ese título, Constantino no solo conservó una posición simbólica, sino también una autoridad espiritual sobre los templos paganos y sus sacerdotes, lo que significaba que seguía siendo oficialmente el guardián de la religión estatal romana.
En otras palabras, mientras proclamaba favorecer al cristianismo, seguía presidiendo sobre el paganismo. Esto muestra que su cambio no fue una conversión de fe, sino una maniobra política para mantener la cohesión del imperio y la lealtad de los pueblos que aún adoraban a los antiguos dioses.
Jesús enseñó: “Nadie puede servir a dos señores” (Mateo 6:24). Constantino intentó hacerlo, mezclando lo santo con lo profano, lo que produjo una religión híbrida que marcaría profundamente los siglos posteriores.
Es como el agua blanca mezclada con agua negra: por más pura que sea la primera, basta una gota de la segunda para contaminarla. Así, el cristianismo imperial comenzó a diluir su esencia original, abriendo paso a prácticas y símbolos que no provenían del evangelio, sino de los templos paganos.
Si Constantino hubiera sido realmente un discípulo de Cristo, habría renunciado a ese título y a toda conexión con la idolatría, como lo hicieron los más de cinco millones de cristianos que, en su tiempo, preferían perder la vida antes que negar su fe. No lo hizo.
Esa decisión la tomaría casi un siglo después el emperador Graciano el Joven, en el año 375, cuando declaró que el título de Pontífice Máximo era incompatible con el cristianismo. Graciano renunció a él voluntariamente, marcando una clara separación entre el Evangelio y el culto pagano.
Constantino, en cambio, dejó a la Iglesia una herencia ambigua: la libertad religiosa, sí… pero también la peligrosa mezcla entre el poder del Estado y la fe cristiana.
La Mezcla de Religiones
El sincretismo religioso se refiere a la fusión de diferentes creencias y prácticas religiosas. En el contexto de la iglesia primitiva, esto tuvo implicaciones significativas, especialmente a medida que el cristianismo se extendía y se encontraba con culturas ajenas. En las plazas y foros de las ciudades antiguas, las religiones chocaban e interactuaban, creando un ambiente de confusión y mezcla. Esta dinámica no solo fue relevante para el desarrollo del cristianismo, sino que también afectó profundamente la identidad y la práctica de la fe cristiana.
Contexto del Sincretismo
Las rutas comerciales y los caminos de misión cristianos estaban también recorridos por personas de diversas creencias. Era común que creyentes de diferentes trasfondos religiosas se encontraran en estos espacios compartidos. Así, el sincretismo se convirtió en la norma de la época, influyendo directamente en la práctica religiosa del cristianismo.
A medida que muchas personas se convertían al cristianismo, no necesariamente lo hacían por fe genuina.
Muchos nuevos cristianos, que venían de culturas y tradiciones diferentes, llevaban consigo sus ídolos, costumbres y creencias. Este proceso no solo dificultó la verdadera conversión, sino que también hizo que la iglesia enfrentara el reto de discipular a un número masivo de nuevos fieles en un corto tiempo.
Efectos en la Práctica Cristiana
El sincretismo tuvo efectos tanto positivos como negativos en la práctica de la iglesia. Por un lado, permitió que el cristianismo se expandiera rápidamente al adoptar elementos de la cultura local, lo que a menudo hacía que la nueva fe fuera más accesible. Sin embargo, a la larga, esto llevó a una dilución de las doctrinas cristianas puras.
Entre los años 313 y 475, aunque la iglesia experimentó un crecimiento en número y prestigio, su nivel espiritual cayó considerablemente. Este descenso en la espiritualidad significó que muchas enseñanzas fundamentales de la fe se fueron olvidando o alterando, y surgieron nuevas creencias que se mezclaron con las antiguas tradiciones.
La Evolución de las Creencias
La mezcla de doctrinas cristianas y paganas se hacía evidente. Por ejemplo, algunas festividades cristianas comenzaron a incorporar elementos de festividades paganas, y ciertas prácticas culturales fueron adaptadas a la nueva fe.
Este sincretismo no fue un fenómeno aislado, sino que se convirtió en una característica común de la iglesia a medida que se movía hacia la época del oscurantismo, donde la confusión doctrinal y la falta de claridad en las enseñanzas condujeron a mil años de oscuridad espiritual.
El desafío del sincretismo continúa hoy, recordándonos la importancia de la claridad y la autenticidad en nuestra fe.
Las lecciones de la iglesia primitiva nos invitan a examinar nuestras propias prácticas y creencias, asegurándonos de que son fieles al mensaje de Cristo y no meras adaptaciones de costumbres culturales.
Prosperidad de la Iglesia.
Prosperidad económica… pero no espiritual.
La Iglesia, después de tres siglos de persecución y sufrimiento, finalmente disfruta de paz y reconocimiento. El Estado le abre las puertas, y con ello llegan privilegios, recursos y posiciones de honor.
Los obispos reciben estipendios, templos y propiedades, y empiezan a verse signos de pompa y autoridad que antes eran impensables entre los humildes seguidores de Cristo. La Iglesia pasa de las catacumbas a los palacios, del silencio de los mártires al bullicio de las ceremonias imperiales.
La madre del emperador, Elena —conocida como Santa Elena—, se vuelve una fervorosa cristiana y utiliza su influencia para impulsar la construcción de grandes basílicas en Tierra Santa y otras ciudades del imperio. Ella sinceramente amaba la causa cristiana, y gracias a su devoción, el cristianismo se extendió y fue aún más favorecido.
Pero ese mismo favor imperial se convirtió en una espada de dos filos: trajo crecimiento visible, pero también debilitamiento espiritual. El cristianismo empezó a estar de moda. Muchos se acercaron no por fe, sino por conveniencia, buscando los beneficios que ahora ofrecía la Iglesia poderosa y reconocida por el emperador.
Análisis del Edicto de Milán
El Edicto de Milán, promulgado en el año 313 d.C. por Constantino y Licinio, marcó un hito crucial en la historia del cristianismo. Este acuerdo no solo significó una gran victoria para los cristianos, sino que también estableció un cambio significativo en la dinámica entre la iglesia y el estado.
Libertad Religiosa y Reconocimiento
Una de las características más destacadas del edicto fue su declaración de libertad para practicar la religión cristiana en todo el Imperio Romano. Esto implicó varios aspectos importantes:
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Se garantizó la devolución de iglesias, cementerios y bienes confiscados durante las persecuciones.
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El edicto simbolizaba el fin de las persecuciones, aunque no de forma total, ya que no se aplicó uniformemente en todas las regiones del imperio.
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Para el año 313, la iglesia contaba con aproximadamente 1500 obispados y entre 5 a 7 millones de cristianos, alrededor del 10 a 14% de la población del Imperio.
La Paz de la Iglesia
Este periodo, que comenzó con el Edicto de Milán, se conoce como la 'Paz de la Iglesia'. Durante esta etapa, la iglesia experimentó un crecimiento sin precedentes:
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Pasó de ser una comunidad perseguida a convertirse en una institución reconocida y apoyada por el estado.
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La iglesia comenzó a adquirir riqueza y poder, lo que llevó a un desarrollo arquitectónico y cultural notable, pero también a retos sobre su pureza y misión original.
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Sin embargo, también se produjeron persecuciones de otros grupos, como paganos y judíos, además de luchas internas entre diferentes corrientes cristianas.
Una Nueva Era
El Edicto de Milán no solo fue un cambio en la política religiosa, sino que también señalizó el fin de la iglesia primitiva y el comienzo de la iglesia imperial.
Esta nueva era trajo consigo una serie de desafíos éticos y espirituales para los creyentes, quienes debían navegar entre la creciente influencia política y su fe.
Así, la relación entre la iglesia y el estado evolucionó, sentando las bases para un conflicto continuo sobre el papel del cristianismo en la esfera pública que perdura hasta nuestros días.
Hemos concluido la Historia de la Iglesia Primitiva.
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