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HISTORIA DE LA IGLESIA PRIMITIVA Período 2, Capítulo 6

El secreto de los cristianos 

 

Si para el cristiano del presente puede resultar sorprendente la fe, la entrega y el valor de los cristianos de los primeros tiempos, imagínese lo incomprensible que sería para la gente común de aquel tiempo. Por los registros sabemos que muchos se preguntaban… 

¿De dónde sacan tanto valor los cristianos? 

¿Por qué soportar sufrimiento y vejaciones si pueden retractarse de su Cristo y vivir en paz? 

¿Por qué no les importa ser odiados y despreciados por los demás? 

Y muchas más por el estilo. 

Nadie puede tener una respuesta aceptable, si no conoce el mensaje de Cristo. Y más que conocerlo, involucrarse en Él, en cuerpo, alma y espíritu. El evangelio no es completo si no llega a las tres fases del ser humano. En cada una de las tres partes, hay algo que le da fuerza, valor y convicción. 

El cuerpo: 

El cuerpo es el templo del Espíritu Santo. Es también una especie de estuche del alma, por tanto, desechable. Duele la tortura y la muerte, pero se sabe que al morir el cuerpo, el alma no muere, va al Reino Eterno. El temor a la muerte es mayor cuando la persona vive sin Cristo, teme al destino desconocido que le espera. 

El alma: 

 

En su mente y en su sentir, está la convicción de que su alma vivirá por siempre. Una tentación momentánea, aún la mayor riqueza del mundo, es nada, comparada con la gloria y salvación eterna en el Reino de los cielos. Aquí radica la negación del yo. Porque también, el alma anhela satisfacción, placer, amor, etc. 

El espíritu: 

 

El Ayudador del cristiano es el Espíritu Santo. Al recibir a Cristo con genuina fe, entra en el creyente el Espíritu Santo, quien le da fuerza sobrenatural para resistir la prueba y la tentación. El espíritu humano es la parte del ser que está conectada al Espíritu de Dios.  

El cuerpo del polvo vino y al polvo va. El alma tiene vida eterna y el espíritu vuelve a Dios que lo dio. Ese es el destino del hombre. Lo demás es vanidad. 

De hecho, "Sin Dios, todo es vanidad" dijo Salomón (Eclesiastés 1:1-11)

En resumen:

 

Tener la certeza a dónde va el cristiano, y de que tiene que alejarse. Esto da confianza, paz y gozo.

Cuando los cristianos fallaban en la prueba 

 

No todos los cristianos resistían el peso de la persecución. Algunos, ante la amenaza de la cárcel, el tormento o la muerte, cedían al miedo y negaban su fe. A estos se les llamó lapsi (caídos). Su caída podía tomar varias formas:

  • Sacrificati: los que ofrecían sacrificios a los ídolos.

  • Thurificati: los que quemaban incienso en honor al emperador.

  • Libellatici: los que compraban o falsificaban certificados (libelli) que fingían haber cumplido el rito pagano sin hacerlo realmente.

 

Muchos de ellos, al pasar el peligro, se arrepentían sinceramente y deseaban volver a la comunión de la Iglesia. Pero este hecho provocó uno de los primeros y más intensos conflictos internos del cristianismo primitivo: ¿debía la Iglesia perdonarlos y recibirlos de nuevo?

 

Algunos líderes, como Cipriano de Cartago, enseñaban que debía mostrarse misericordia después de una verdadera penitencia, pues el perdón es un atributo esencial del Evangelio.

Otros, más rigoristas, como Novaciano en Roma, sostenían que quienes habían apostatado bajo presión habían perdido para siempre su lugar en la Iglesia, y que solo Dios podría juzgarlos. Este desacuerdo dio origen al cisma novacianista (mediados del siglo III), uno de los más notables antes de Constantino.

 

Con el tiempo, la Iglesia fue estableciendo un proceso de penitencia pública, en el cual el creyente arrepentido debía confesar su falta, ayunar y vivir apartado por un tiempo antes de ser plenamente readmitido a la comunión. Esta práctica, aunque severa, evitó que la Iglesia se endureciera del todo, manteniendo un equilibrio entre la justicia y la gracia.

Paradójicamente, estas caídas y arrepentimientos aumentaron el valor del martirio. El ejemplo de los que resistían hasta la muerte inspiraba a otros a permanecer firmes, mientras los que habían negado a Cristo lloraban su debilidad. Así, la Iglesia fue comprendiendo, en carne propia, las palabras del Señor:

 

“El que me niegue delante de los hombres, también yo le negaré delante de mi Padre” (Mateo 10:33),

pero también:

“Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9).

Los Gnósticos  

–de gnosis, “conocimiento”- 

 

El gnosticismo fue una de las primeras grandes amenazas doctrinales para la Iglesia Primitiva, una especie de “contraataque espiritual” que intentó desviar tanto a cristianos como a paganos del verdadero evangelio.

No se trató de una sola religión organizada, sino de un conjunto de corrientes sincretistas, que mezclaban ideas orientales, filosofía griega, elementos judíos y términos cristianos. Por eso es difícil definir un único “centro” o líder gnóstico: era más bien una manera de pensar, un movimiento de ideas que pretendía alcanzar la salvación por medio del conocimiento secreto o “superior”.

 

Los gnósticos creían que el mundo material era malo, creado por un ser inferior o “demiurgo”, y que el alma humana debía liberarse de la materia para unirse a la luz divina. Según ellos, Cristo no vino en carne real, sino como un ser espiritual que trajo ese conocimiento oculto para despertar la chispa divina que cada ser humano lleva dentro.

Esta enseñanza negaba abiertamente la encarnación, la cruz y la gracia, pilares del evangelio.

 

 

Al principio, el gnosticismo atrajo a muchos intelectuales, incluso dentro de la Iglesia. Algunos, como Simón el Mago (Hechos 8), son vistos por los historiadores como sus primeros antecedentes. Más tarde surgieron figuras como Basilides, Valentín, Marción y otros que mezclaron el cristianismo con filosofía platónica y mitos orientales.

Frente a ellos, los grandes padres de la Iglesia —como Ireneo de Lyon con su obra Contra las Herejías— defendieron la verdad apostólica y establecieron con más claridad los límites de la fe cristiana.

 

 

El gnosticismo fue declarado herejía por la Iglesia, porque su “conocimiento secreto” negaba la salvación por gracia y convertía la fe en una élite intelectual. Sin embargo, su influencia nunca desapareció por completo: reapareció en distintas formas a lo largo de la historia, como en el esoterismo, la alquimia, las sectas místicas medievales y, en tiempos modernos, en movimientos como la Nueva Era o la masonería filosófica, que exaltan la “luz” y el “conocimiento interior” como medios de liberación.

Incluso algunos grupos actuales citan palabras de Jesús —como “La verdad os hará libres” (Juan 8:32)— fuera de su contexto, usándolas para justificar una “iluminación” sin arrepentimiento ni obediencia a Dios.

 

El gnosticismo, en todas sus formas, representa la búsqueda de salvación sin cruz, el deseo humano de alcanzar la divinidad por esfuerzo propio, en lugar de recibirla por la gracia de Cristo. Por eso sigue siendo un desafío espiritual hasta nuestros días:

 

“El conocimiento envanece, pero el amor edifica” (1 Corintios 8:1).

 El Credo de los apóstoles. 

 

 

El Credo de los Apóstoles no fue redactado directamente por los apóstoles, aunque recoge fielmente su enseñanza. Surgió hacia mediados del siglo II (alrededor del año 150 d.C.), cuando la Iglesia enfrentaba una creciente confusión doctrinal.

 

Frente a las enseñanzas distorsionadas del gnosticismo y del marcionismo, los obispos y maestros de la fe sintieron la necesidad de resumir y afirmar públicamente la doctrina apostólica, para mantener a la Iglesia centrada en Cristo.

Su origen fue bautismal: al prepararse para el bautismo, los nuevos creyentes debían responder una serie de preguntas de fe, como una confesión personal ante la comunidad. Estas preguntas, transmitidas oralmente en las primeras generaciones, formaron con el tiempo una fórmula establecida, que más tarde se conoció como el Symbolum Apostolorum o Símbolo de los Apóstoles.

El texto original, en su forma más antigua, decía algo así:

 

“¿Crees en Dios Padre todopoderoso?

¿Crees en Cristo Jesús, el Hijo de Dios,

que nació del Espíritu Santo y de María la Virgen,

que fue crucificado bajo Poncio Pilato,

que murió y resucitó al tercer día,

que subió a los cielos y está sentado a la diestra del Padre,

y que vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos?

¿Crees en el Espíritu Santo,

la santa Iglesia,

y la resurrección de la carne?”

 

Cada pregunta reafirmaba una verdad central de la fe cristiana:

  • La fe en un solo Dios verdadero y creador.

  • La humanidad y divinidad de Jesucristo.

  • Su muerte, resurrección y retorno futuro.

  • La obra del Espíritu Santo y la esperanza eterna.

Con el paso del tiempo, esta confesión se amplió y adoptó su forma actual en el siglo IV, usada hasta hoy en las liturgias de la Iglesia católica. Aunque fue posterior a los apóstoles, su contenido es completamente apostólico, pues se basa en los evangelios, las cartas paulinas y las enseñanzas de los primeros discípulos.

 

El Credo se convirtió así en una señal de unidad doctrinal y espiritual, una frontera visible entre la fe verdadera y los errores que amenazaban con desviar a la Iglesia.

Hasta nuestros días sigue siendo un resumen esencial del cristianismo bíblico, recordando que la fe cristiana no se basa en opiniones humanas, sino en las verdades reveladas por Dios a través de Cristo y sus apóstoles.

“Mantén el modelo de las sanas palabras que de mí oíste” — 2 Timoteo 1:13

 

Simbología cristiana 

 

 En las primeras comunidades cristianas no había imágenes ni símbolos visibles en las casas, tanto por obediencia al mandamiento de Éxodo 20:4 (“No te harás imagen...”) como por prudencia ante la persecución. Cualquier emblema podía delatar su fe y conducir al arresto o la muerte.

Sin embargo, en las catacumbas —donde se reunían o sepultaban a sus mártires— sí aparecieron símbolos discretos, usados no para venerar, sino para recordar verdades espirituales o identificarse entre creyentes. Entre los más comunes estaban:

  • El pan y los peces, recordando la multiplicación milagrosa y la comunión con Cristo.

  • El pastor con un cordero al hombro, representando a Jesús como el Buen Pastor.

  • El arca de Noé, símbolo de salvación y refugio en medio del juicio.

  • La vid y las ramas, como figura de la unión del creyente con Cristo.

 

El símbolo más conocido fue el del IXΘΥΣ (Ichthys), la palabra griega para pez.


Los cristianos lo usaban como clave secreta: uno trazaba una curva en el suelo, y si el otro completaba la figura del pez, ambos sabían que compartían la misma fe.
Dentro del pez, a veces se escribían las letras griegas ΙΧΘΥΣ, iniciales de la frase:

I – Iesoús (Jesús)
X – Christós (Cristo)
Θ – Theoú (de Dios)
Y – Huios (Hijo)
Σ – Sotér (Salvador)

La frase completa significaba:

“Jesús Cristo, Hijo de Dios, Salvador.”

Estos símbolos eran mensajes de fe en medio del peligro, recordatorios silenciosos de esperanza y comunión entre los creyentes.


A diferencia del arte posterior, no se adoraban ni se usaban como objetos sagrados, sino como signos de testimonio.


De hecho, en su sencillez y prudencia, reflejaban el espíritu mismo del evangelio: una fe viva, sin ostentación, pero llena de significado.

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